domingo, 8 de abril de 2012

Otra vez Pesaj, la fiesta de la familia y la libertad

Otra vez Pesaj. Otra vez la matzá, las aguas del Mar Rojo que se abren, la pelea por cuál parte de la familia celebra cada noche, las diez plagas, el nuevo integrante más chiquito que hace las preguntas, la historia de Moisés, la abuela que ya no está, las charlas en el edificio sobre las similitudes y diferencias con las Pascuas cristianas, el deseo de que todo sea lo más parecido a cuando la abuela vivía. Pero ya no vive. El tiempo es esa locura a la vez lineal y circular. Todo se repite al año siguiente, pero diferente; y uno intenta que sea igual, pero por suerte algo se transforma. Alguien ya no está, otros se presentan. No es tan cierto que el tiempo avanza solo hacia delante. Nos las pasamos escribiendo nuestra historia desde la relectura que hacemos de nuestras proveniencias. Un Pesaj sin la abuela, pero que tenga todo lo que tenía cuando la abuela vivía. Y lo más extraño es que ya olvidamos que la abuela hacía lo mismo con la suya; y que por eso, la misma idea de tradición no tiene nada que ver con el detenimiento dogmático y normativo, sino con la libertad que se ejerce en el acto de transmitir una experiencia. Pesaj es una fiesta familiar. Es la fiesta de la libertad. La libertad es en su inicio una experiencia familiar. Las familias se abren o se cierran. Por eso en Pesaj lo primero que se hace es abrir la puerta “para que el que tenga hambre, entre y coma”. Eso es tradición. Esa era la ética del desierto. Nadie cerraba ninguna puerta, sobre todo porque no había casas, sino tiendas, y las tiendas siempre están abiertas al otro, al que sufre, al que necesita. Pesaj es la fiesta de la apertura al otro, al extraño, al extranjero. La abuela cocinaba e invitaba a todos a comer, porque en la Guerra, allá en Europa compartían hasta las cáscaras de papa cuando nos mataban por judíos. Eso es tradición. Recordar para transformar el mundo. Si te matan por judío, por negro, por argentino, por comunista o por homosexual, no salís a defender el derecho de una parte, sino el de todos. No hay libertad para algunos y esclavitud para otros. O por lo menos no debería. Por eso cuando leemos en la Hagadá que la décima plaga consistió en la muerte de los primogénitos, mojamos el dedo en vino y lo arrojamos en señal de dolor. En realidad poco importa si hubo egipcios, plagas y aguas que se abren, lo cierto es que en Pesaj los judíos celebramos el relato de la libertad volviéndolo una vez más a narrar. Eso hacemos en nuestras casas en Pesaj. Comemos, conversamos, bebemos y en un momento el tiempo se interrumpe y volvemos a relatarnos. Otra vez Pesaj, otra vez la misma historia que siempre es la misma, pero nunca es igual. La historia de Moisés, y las aguas, y la esclavitud, y la matzá. Otra vez la abuela cocinando demasiado. Pero esta vez la abuela ya no está, aunque no importa, ya que en la forma de la celebración la rememoramos. Y así a su abuela y así a la abuela de la abuela. Vamos para atrás yendo para adelante o vamos para adelante yendo para atrás. Algo en el tiempo se descalabra en Pesaj. Nos sentimos en estos días parte de una interrupción. Nos sentimos parte de un Libro. No solo somos el pueblo del Libro, sino que lo seguimos escribiendo.

Publicado en Clarin el 5/4/2012

1 comentario:

  1. En Europa, todavía se puede morir por ser judío

    Jag Sameaj

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