martes, 19 de junio de 2012

Vómito de perro (sobre la confesión imposible)

Dicen que la palabra sana, pero a mi las palabras me dan miedo. Dicen que hay que buscar las configuraciones invisibles, pero a mi las construcciones lingüísticas me esclavizan, me someten, me abochornan. Recorrer el habla para poder escuchar no su sentido, sino su sonido. Recorrer el habla no para, o sea recorrerla para nada. ¿Pero por qué la palabra siempre abre nuevas significaciones? ¿Por qué la palabra reproduce más palabras que intentan dar sentido con palabras a lo que se supone que implica otro sentido, otras palabras que no son las que se muestran? Anhelo ese Edén donde las palabras reflejaban la verdadera naturaleza de las cosas, aunque siempre me quedará el sinsabor de no haber podido clasificar a la palabra como una cosa. La palabra no es una cosa, pero las cosas se nos presentan como palabras. Un mundo siempre asimétrico que nos exige poner orden. ¿Pero no es el orden un castigo? En definitiva, ¿qué es una palabra? Si ya la privamos de todo realismo, ¿no es todo lenguaje en algún sentido una confesión? ¿Y no es toda confesión, en otro sentido, la sustanciación de esta puesta que somos y que pretende incesantemente romper la dicotomía entre lo verdadero y lo falso? Pero hay algo peor (o mejor): ¿no es toda confesión, en última instancia, una manera de pedir perdón? Así la ciencia pide perdón por la manipulación de la naturaleza y así el arte pide perdón por hacernos digeribles los sinsentidos. Así la política pide perdón por ocultar las injusticias originarias y así la religión pide perdón por que no hay perdón. No, no lo hay. Nadie termina nunca de salirse de sí mismo, nadie se expropia. Nadie perdona dice Derridá lo imperdonable y por eso el perdón es imposible. Dar es imposible. Los vínculos son imposibles. Lo único posible es parece terminar siendo esta podredumbre que se interioriza en este olor que algunos llaman el yo. Es que la confesión nunca arranca las entrañas, no es entrañable. Nada es entrañable, sino que lo que duele y lo que goza siempre es del otro. La confesión es para otro. Es siempre esa puesta donde se juega la tensión entre lo que ya no quiero ser y lo que ya se que no voy a querer ser mañana cuando lo sea, y sin embargo lo único que importa es que el otro te crea y esa doble mentira (el otro que te miente para que uno se mienta) te transforme. Te convierta. Toda confesión es una conversión, pero nunca es honesta. La honestidad no existe. Honestos son los perros que te chupan porque quieren comer. Lo humano cuando es perro es honesto, pero cuando es humano se confiesa. Toda la cultura es una confesión: lo humano se pide perdón a si mismo, pero incluso ese pedido es siempre parcial. Todo lo imposible se arrastra sobre las posibilidades de lo posible. Vivimos arrepintiéndonos porque todo siempre pudo ser de otra manera, pero la desidia ontológica puede más y uno no mueve o ni siquiera sabe cómo podría hacer para mover. Quedamos perplejos y en esa hiancia empezamos a llorar. Un llanto escondido es siempre una confesión. Sabemos por qué lloramos, pero no lo sabemos con la mente y entonces suponemos que no lo sabemos cuando en realidad lo sabemos porque el saber se mueve por otros lados. Se mueve por lo imposible. Y son esos lados los que desacomodan toda estantería que se mantiene en pie gracias a esos dos pilares en los que uno tanto cree y que un día o un minuto o un segundo, cuando los fuimos a revisitar, ya no estaban. Confieso que creía, pero no se por qué ya no creo más, o más bien paso a creer en otra cosa, ya que la desvinculación absoluta es también una creencia y si dejo de creer en lo que creo es porque estoy creyendo ya en algo más aunque todavía no sepa en qué. Solo debo abrir la boca y vomitar palabras. Solo debo vomitar. A mi las palabras me dan miedo porque todo me da miedo y porque todo es palabra. A mi el vómito me da miedo porque tengo miedo que un día me salga de adentro todo lo que no tengo y que es lo único que desearía seguir sosteniendo. A mí. Necesito confesarme sin ser yo. Creo que la única confesión posible es aquella donde otros hablan por mí. Desde mí. Solo cuando yo me confieso, no me confieso. El vómito también es de los otros. Llegará el día en que por suerte todo se olvide. Solo el olvido no se confiesa. Sobrevivir es un acto de olvido. Necesito pedir perdón por todo lo que olvido y en especial por este olvido constante con lo que me rodea. No se trata de un olvido amnésico, ya que recuerdo lo que olvido. Se trata otra vez de una ontología. Todo resulta demasiado escabroso como para que, además, debamos hacernos cargo de lo que igual nos excede. El problema no es el mundo sino la falsa responsabilidad que enajenamos de creer que nunca moriremos si nos hacemos cargo de todo. ¿Pero qué es hacerse cargo de todo? ¿No es no hacerse cargo de nada? ¿Quién entrará al cielo al final? ¿Aquel que se la pasa lamentándose o aquel que se la pasa haciendo cosas creyendo que de ese modo está haciendo cosas? ¿Aquel que se vomitó encima o aquel que como en ese poema de Baudelaire, regaló la moneda falsa? Sí, la moneda falsa. Esa que entregamos todo el tiempo a todos en el tiempo. Toda confesión es una moneda falsa. Toda moneda es falsa. Toda confesión es una moneda. Pero todo intercambio nunca es honesto y por eso los perros no utilizan monedas. Los perros no se confiesan. Quiero ser un perro. Soy un perro. Confieso que soy un perro. No soy un perro. Espero que algún día alguien me perdone. Espero que algún día pueda perdonarme. Espero que algún día el perdón pueda perdonarme. Soy casi un perro, creo que lo voy a lograr. La palabra definitivamente no sana, sino enferma. La palabra enferma la palabra. Algún día dejaré de hablar. Algún día todo será vómito… 


publicado en Casquivana Nº 4
http://www.casquivana.com.ar/

19 comentarios:

  1. No tiene nada que ver con el post... pero cuando te veía en la tele me hacías acordar a un profesor de Teoría y Estado si mal no recuerdo, en la sede Drago, que nos contaba que iba a tener una hija y le iba a poner María. (En esas épocas yo estaba secretamente enamorada de él).

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    1. ¿O sea que sos vos? ¿Mi memoria no me falla? ¡Pensé que eras re parecido y hablabas parecido, nunca pensé volverte a ver por Encuentro!. Sos el único profesor del que me acuerdo de ahí. No sé por qué me quedó tanto de lo que nos enseñaste.

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  2. muy bueno, me encantan los textos que parecen los pensamientos fotografiados. Igual no sé cual es tu postura ante la religión, pero que te invadió en este momento está claro! Cuanta confesión, perdón, cielo.... lo único que te faltó fue el sacrificio y estabas completo! jaja. besos! BarbVH

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  3. Porque en lugar de analizar la vida, no la vivis y te dejas de joder?? A vos me parece que te rompieron el corazon, y por eso te pusiste a filosofar tratando de encontrarle explicacion a TODO. Get a life.

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    1. Si dices vivir la vida... Por qué juzgas la vida de otro que al analizar la vida ya demuestra que la vive?? Me parece que tu no tienes vida, o que no la vives lo suficiente como para tener que meterte a una página y desahogar todo tu pesar... Al parecer al que le rompieron el corazón fue a otro, porque bastante amargado es tu comentario... referente a un escrito bastante bueno a mi opinión.

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    2. ¿Y por qué no vivís vos la vida y te dejás de hacer de crítico liteerario? Es tiempo perdido, esconderse detrás de un anonimato cuando alguien que sabés que te supera intelectualmente, rasguña tu ego. Te alborotan las cualidades ajenas. Pena por vos.

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  4. Las palabras no son palabras, pierden sentido en la más inmediata materialización llamada "lenguaje".

    Saludos Dario.

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  5. Lo fenomenal de tus textos es que me movilizan a pensar-ME.
    La reminiscencia que me vino al leerte fue Pizarnik con su frase "Las palabras no hacen el amor, hacen la ausencia".

    Gracias.

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  6. La foto del Ictus de tu página de Facebook me encantó.

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  7. Las palabras son ..palabras...

    No son ni buenas ni malas, sino que lo que cambia es el sentido de acuerdo a una multiplicidad de variables, algunas congruentes, otras no tanto y otras ninguna..

    También hay que destacar que la modificación del sentido de la palabra está dado por el receptor, que es el que le pone el valor a ella, pues el mensaje está siempre en el. (al receptor me refiero)

    Me gustó la nota.
    Abrazos desde Menorca...Sil

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  8. Vengo desde otro blog donde te enlazaron y me gusto mucho tu pensamiento te seguiré...

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  9. Que genio este tipo ... Me voy a dormir feliz

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  10. Como un preso voy a ver
    a través de la pared;
    como un perro tengo que mirar

    Tengo un rito y no un lugar
    tengo un rito y no un lugar,
    como un perro tengo que buscar

    Mi alimento ya no es tal,
    mi alimento ya no es tal:
    sólo como sobras de tu amor

    Y es que odio el aerosol
    que combate tu calor,
    como un perro tengo que mirar

    Tengo envidia de ese jean
    que te sujeta para sí,
    como un perro tengo que reír

    Sólo quiero que me des
    una cucha de hormigón,
    quiero ser un perro en tu jardín

    Y es que odio ese sillón
    que se banca tu tensión,
    como un perro tengo que ladrar
    Ladrar
    Ladrar

    (Fragmentos de "Como un perro", de Spinetta
    Excelente el post, querido maestro. Abrazo grande)

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  11. Gracias por regalarnos este pseudo-vómito. Me encantó; siempre tus notas, videos y demás me impactan, me conmocionan de cierta manera, me dejan pensando.
    Esta nota, me hizo acordar a Pizarnik, con su eterna impotencia frente a las palabras, frente a no poder encontrar los símbolos necesarios para expresar todo su ser, todo su mundo y sin embargo, hacer de esas escasas palabras y símbolos, maravillas.
    Saludos!

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  12. Escalofriante a la vez que libertador tu texto, al final de todo llego a la conclusión de no pocos hombres: la palabra es un instrumento para darle "orden" y sentido a las cosas, una constante reafirmacion de nuestro ser, en la mayoría sigue intereses personales pero en todos los casos un ejercicio frustrante e inacabado porque al plasmarlo ya dejamos de ser el que eramos en fin hay mejores cosas que la palabra... Saludos desde Lima

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