jueves, 28 de marzo de 2013

Notas sobre lo humano. Entre el animal y la técnica


Aunque siempre la condición humana se haya ido constituyendo a sí misma en conexión esencial con la técnica, en nuestra cultura se fue generando una separación radical entre ambas dimensiones. Por eso, cuando pensamos a la tecnología, solemos hacerlo como si fuera una instancia exterior al ser humano con quien se puede relacionar tanto de manera positiva como negativa.
De hecho, según resume Mercedes Bunz en La utopía de la copia, suele haber dos formas canónicas de explicar la relación entre el hombre y la técnica: una optimista y otra pesimista. La optimista entiende a la tecnología como una proyección de la naturaleza humana que logra por medios artificiales expandir las funciones propias del ser humano. Así, un martillo se vuelve un puño más fuerte, un automóvil es visto como una extensión veloz de nuestras piernas, o una computadora no es más que un cerebro con mayor potencialidad liberado de las limitaciones propias del cuerpo humano. Es que la clave de esta versión optimista se encuentra en cuestionar la degradación a la que conduce la finitud de nuestro aspecto material, para colocar en la tecnología la utopía de una naturaleza humana sin su encorsetamiento corpóreo. La tecnología de este modo mejora y realiza lo que por esencia somos.
La versión pesimista entiende al contrario que en algún momento del desarrollo de la técnica, el ser humano fue perdiendo el propósito. La tecnología se emancipó de su motivación original y terminó creando un nuevo mundo artificial que reemplazó uno a uno los rasgos propios de lo humano hasta destruir su naturaleza. Así, nuestras vocaciones, nuestras necesidades, pero también nuestros vínculos, tomaron nuevas formas más superficiales y más al servicio de las sociedades del hiperconsumo. Ya no bebemos, sino que compramos marcas de gaseosas; ya no caminamos, sino que los medios de transportes nos transportan de acuerdo a sus intereses; ya no nos conectamos con la naturaleza, sino con una red virtual de la cual no nos podemos desconectar. Hay una naturaleza humana que se ha perdido, absolutamente enajenada por una sociedad postindustrial que nos convierte en usurarios. Para esta versión pesimista, la tecnología es la gran responsable de la actual crisis del humanismo.
Resulta interesar poder hacer un ejercicio de rompimiento de este pensamiento lineal, repensando la relación entre el ser humano y la tecnología desde otro lugar. ¿Y si no se trata de dos instancias separadas de modo excluyente, sino que ambas se condicionan de manera esencial? ¿Qué significaría esto? Tal vez, la propia idea de una naturaleza humana se encuentra inextricablemente ligada con las transformaciones de la técnica. O como sostiene Roberto Espósito recuperando el pensamiento de Pico della Mirándola: tal vez la naturaleza del hombre no sea más que estar todo el tiempo reinventando su propia naturaleza.
Es que el problema tanto de la posición optimista como de la pesimista es acordar en la existencia de una esencia de lo humano en sí misma, inmutable, inmodificable, como una especie de núcleo duro que define lo que somos y que se mantiene incólume a lo largo de la historia. Pero si así fuera, ¿cuál sería esa definición? ¿Por qué valdría la actual, por ejemplo? ¿Valdría más por ser la más reciente? La historia de la cultura fue mostrando transformaciones permanentes en lo que entendemos como ser humano, ¿por qué se detendría justo ahora? ¿No es evidente que dentro de algunos años una vez más todo este dispositivo de saber cambie?
Y así como se pone de manifiesto la diversidad de concepciones que han regido a lo largo de los años, se puede también vislumbrar que no hay definiciones de lo humano en la que acuerden todos los humanos. Hay un discurso científico actualmente vigente que intenta definir al ser humano y que puede instalar esta definición en virtud del lugar hegemónico que ocupa hoy la ciencia en Occidente. Pero ha sido sobre todo el darwinismo quien más ha cultivado la idea de que todo es contingente cuando se trata de la vida. Un darwinismo al que se lo suele leer exactamente en sentido inverso.
¿Qué es la contingencia de la vida? Es entender que la evolución de las especies no sigue una línea meritocrática. No sobreviven los que mejor se adaptan a las circunstancias, sino que las mutaciones siempre son azarosas y por ello sobreviven los que ante las nuevas circunstancias (climáticas, por ejemplo) han mutado previamente por azar y así coinciden con el nuevo escenario. Ni el hombre es la mejor especie del universo, ni este ser humano es la última etapa de ningún proceso evolutivo. Somos contingentes, somos por azar, somos tránsito y no hay una meta prefijada.
La tecnología, en este sentido, se vuelve indisolublemente nodular en las transformaciones de lo humano. No es un elemento externo, sino parte misma de lo humano. Y así como fuimos amebas o simios, también somos cyborgs, esa figura que nos muestra como una mixtura entre lo natural y lo artificial. Hay un interesante relato que coloca al ser humano entre lo animal y lo técnico, pero sobre todo resulta interesante porque nos coloca en un “entre”, es decir en algo no cerrado ni definitivo, sino en permanente estado de reinvención. Por ejemplo, el lenguaje es una técnica que nos constituye y ya no somos por fuera de la lengua. Y de esta manera la mayoría de las creaciones tecnológicas nos muestran un escenario diferente que puede pensarse por fuera de la dicotomía entre la versión optimista y la pesimista.
En ese sentido y según otro ejemplo, la postura optimista valorará la irrupción en nuestra cotidianeidad del celular como una técnica que mejora y potencia notablemente nuestras posibilidades comunicacionales. La posición pesimista por el contrario, nos predicará que el celular decide por nosotros cuando comunicarnos y cuando no. Pero lo que es claro es que desde el apogeo de los celulares, se ha producido una transformación profunda en muchos aspectos de nuestra vincularidad con los otros. Desde la conciencia de estar siempre on-line, hasta la irrupción de nuevos lenguajes como el mensaje de texto o las mismas redes sociales que modifican no solo formas de expresión, sino la naturaleza misma de nuestra identidad. De hecho, la idea misma de red nos exige cambiar nuestra concepción del lugar del individuo, acostumbrado tradicionalmente a colocarse como centro y ombligo de todos sus contactos, por una idea más cercana al nudo como encuentro casual o entrecruzamiento contingente, rizomas que van creando sujetos aleatorios.
Hablar de identidad con las nuevas tecnologías –al igual que hablar de lo real, por ejemplo- supone una vez más desmarcarse del pensamiento dicotómico, deconstruirlo. Ni las redes sociales de la virtualidad informática como Facebook o Twitter ayudan a que cada persona se expanda mejor a sí misma, ni tampoco todo lo contrario y las redes sociales han aniquilado completamente al yo. Las nuevas tecnologías de la informática transforman la idea misma de identidad, evidenciando que las personas -como bien se visualiza en el origen del término que asocia “persona” con “máscara”- somos muchas en una; o que para no caer en una militancia esquizofrénica, todos somos otros; o como decía Nietzsche, el yo es un campo de batalla. Y así esta contingencia del yo se plasma en todas sus expresiones, en cada perfil con el que nos narramos a nosotros mismos, todo el tiempo de modo diferente.
La tecnología, por último también afecta al arte, pero no se trata de un condicionamiento externo, sino esencial. Ya Benjamin leyendo a Baudelaire, analizó cuidadosamente desde el impacto de la fotografía en la nueva pintura abstracta hasta las potencialidades de la nueva obra de arte reproducida. No se puede simplemente leer a la tecnología en la música como la capacidad desarrollada para producir copias de modo masivo. Una grabación ya hace rato que no se entiende solo como una copia de un original, sino que hay un original que surge de la misma tecnología en su conexión esencial con la música. El cine es tal vez la mejor expresión de un arte surgido desde la tecnología que fue dejando -y muy rápido- su identidad como mera puesta en la pantalla de una obra de teatro, creando un género propio que debe todo al uso creativo y subversivo de la tecnología de imagen.
¿Cómo serán los próximos recorridos? ¿Cuál es el lugar del actor en estos esquemas? Tal vez lo interesante sea poder salirnos del esquema binario que, o bien celebraría a las nuevas tecnologías como accesorios que eficientizan el trabajo actoral, o bien insistirían desde una versión pesimista y tradicional en declarar la muerte del actor. Nuevas transformaciones, nuevos desafíos.

Publicado en Revista Arlequín (SAGAI) a fines de marzo del 2013

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