viernes, 28 de octubre de 2016

Paris


Tengo un problema con Dios. Siempre lo tuve. Tengo un problema con las formas en que el ser humano ha ido elaborando su representación de Dios. Tengo un problema con las representaciones. Algo falla. Algo se cae. Algo se traiciona. Tengo un problema con Dios porque Dios siempre me dio miedo. Dar miedo. O peor: darme miedo. ¿Quién me da miedo en el “me dio miedo”? ¿Un automiedo? ¿Quién es ese sujeto escondido allí que desde mi mismo me está/estoy dando miedo? El triunfo final del panóptico: sujetos sujetados. Y así criamos a los hijos, soportamos las penas o matamos al otro: en nombre de Dios. O de nuestra representación de Dios que no es más que una representación de nuestros deseos. O de nuestras miserias. En el nombre de Dios que además no tiene nombre. Ni ojos. Si tuviera ojos, podría darse el humano lujo de llorar. Pero si hasta en la ausencia de ojos concebimos a Dios como suprema presencia. O como sostiene Derridá, hicimos a los ojos el sentido de la vista antes que el sentido de las lágrimas. El ser humano es un animal que llora. De tanto ver. De tanto ver cuánto se hace en nombre de Dios. De un Dios que no tiene nombre. Y si no tiene nombre, no tiene delimitación. No podría tenerla para el monoteísmo, esa presunción humana, tan demasiada humana. Dice Nietzsche que cuando un Dios se creyó el único, el resto se murió de risa. Riendo murieron los dioses y con ella murió la risa. Y lo que quedó una vez más fue la violencia. Es único, invisible, total, pleno, omnipotente, omnisciente, soberanamente bueno, y lo peor, está siempre de nuestro lado. Lo peor por contradictorio: si es todo, ¿por qué justo es el nuestro? El gran problema de Dios es tener que vérselas con la diferencia. Es el gran problema de los monopolios porque como dice el Subcomandante Marcos: o sos cliente o delincuente. Y el delincuente es delincuente porque está en falta. En la etimología de delinquir está la idea de falta. Para el que accede al nombre de Dios y accede a la verdad, el otro ingresa en todas las categorías posibles de la falta: es ignorante, enfermo, loco, primitivo, demoníaco, enemigo, traidor. Si Dios está de nuestro lado, los dioses ajenos son siempre no solo ilusiones sino algo peor: contradioses que vienen a poner en cuestión nuestra hegemonía. Es el gran problema del monoteísmo: no solo no hay otros dioses, sino que no debe haberlos. Por eso la violencia, como muy bien explica Michel Onfray: de tanto concebir que hay un único Dios en el cielo, terminamos creyendo que aquí en lo bajo solo puede haber una única verdad. Y en nombre de la verdad nos seguimos exterminando.
Tengo un problema con Dios. Siempre lo tuve. Se supone que me tenía que dar paz, pero solo me da miedo. Y cada muerte que se ejecuta en su nombre, acrecienta el miedo. Mi miedo a lo humano. A ese aspecto humano de nuestro ser animal que se escinde de su naturaleza y creando un Dios, se cree el único. Lo animal no tiene un Dios, y si lo tuviere, se volvería humano. Pero no tiene. Los que matan al otro en nombre de Dios no son animales, sino seres humanos; o sea, esa especie animal que se niega a sí misma. Tal vez en ese gesto de negación, se resume toda la violencia. Nos negamos para postularnos imagen y semejanza de una totalidad, de una presencia absoluta. Es tanta la presencia absoluta de Dios que todo lo ciega, todo lo disuelve. El otro pierde toda su singularidad y se oscurece. Se vuelve cosa, medio, se desdibuja, o se vuelve solo un dibujo ya sin calor, ya sin palabra, ya sin rostro. Es difícil matar a un rostro. Es tanta la presencia absoluta de Dios que el rostro va perdiendo su dimensión. El rostro del otro, dice Levinas, expresa al otro en su radicalidad: lo tengo tan próximo y a la vez tan irreductible. Lo puedo asesinar, pero a la vez lo puedo sacralizar. Lo puedo acogotar y a la vez lo puedo acariciar. Y solo cuando lo acaricio, dice Levinas, me encuentro con el otro. En la caricia no hay intento de dominación, ni de sujeción, ni de posesión. En la caricia hay extrañamiento. Hay diferencias que se buscan y se pierden en un encuentro imposible. No hay violencia en la caricia porque hay un otro. Pero Dios no acaricia ni tiene rostro. Por eso Dios no es el otro, sino nuestra propia mismidad expandida. Y así se siguen justificando las peores acciones en nombre de Dios, o sea, en nombre de nosotros mismos.

Tengo un problema con Dios. Siempre lo tuve. Pero por suerte sigo creyendo que hay algo más. Algo que no tiene nada que ver con esta representación de Dios como violencia: hay un otro. Hay algo más porque hay un otro. Es en lo único que creo…       

Texto publicado en Tiempo Argentino en 2015

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